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Manfred Röseler

Coronavirus/Covid-19 - ¿Debemos estar preocupados?

Reflexiones desde el punto de vista bíblico

Mit großem Tempo breitet sich das Corona-Virus aus und verursacht eine neuartige Lungenkrankheit, die als Covid-19 bezeichnet wird. Die Zahl der bestätigten Infektionen und Todesfälle aufgrund dieser Krankheit wächst stetig.

Müssen wir besorgt sein? Ich möchte Sie ermutigen, dass Sie mit Gott rechnen und Ihr Leben Jesus Christus anvertrauen. Vielleicht kann die Sorge um Covid-19 dazu beitragen, dass Sie von dem schlimmsten „Virus“, den es überhaupt gibt, die Sünde, befreit werden.

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 Covid-19
Perspectivas esperanzadoras

A gran velocidad se está propagando el coronavirus que provoca una nueva enfermedad pulmonar denominada Covid-19.

Los casos de infecciones confirmadas y los fallecimientos por coronavirus están ascendiendo constantemente. Al mismo tiempo se está investigando para encontrar un remedio. Ahora las medidas de prevención son especialmente importantes. Cuando una persona se ha contagiado es imprescindible ponerla en cuarentena, es decir, en aislamiento preventivo, para separarla de las personas sanas. Es necesario identificar a todas las personas de contacto de la persona contagiada, para que ellas también sean puestas en cuarentena. Hay que interrumpir cuanto antes las cadenas de infección.

¿Debemos estar preocupados?

La enfermedad respiratoria Covid-19 estalló en diciembre de 2019 en la ciudad china de Wuhan con 11 millones de habitantes; y desde allí se ha extendido a muchos países convirtiéndose en una pandemia. El 11 de marzo del 2020 la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente que la epidemia del coronavirus era ya una pandemia. Por causa de la propagación galopante del coronavirus tenemos motivos justificados de preocupación y hay que tomar medidas de precaución.

Hace más de 3000 años también aislaban a personas con lepra contagiosa, según nos relata la Biblia en Levítico 13:46. Tenían que vivir aisladas. Desde nuestro punto de vista nos parece cruel tratar de esta forma a personas enfermas, pero en el fondo lo hacemos hoy de forma muy similar. Hoy le damos el nombre de cuarentena.

¿Cómo podemos protegernos?

Es aconsejable evitar las aglomeraciones de personas, usar mascarillas bajo ciertas circunstancias y lavarse las manos regularmente. Es apropiado el uso de desinfectantes y la limpieza regular de los picaportes. Tenemos que guardar una distancia de metro y medio o dos metros entre nosotros y una persona contagiada.

Otra medida de precaución es fortalecer nuestro sistema inmunológico, o sea, nuestras defensas mediante una alimentación saludable. Pero ¿son suficientes estas medidas mencionadas para darnos seguridad? Rápidamente nos damos cuenta de que los consejos citados reducen muy poco nuestra preocupación.

Quiero llamar la atención sobre un aspecto fundamental que en esta situación es importante conocer. La Biblia nos dice que Dios es capaz de proteger a toda persona. Leemos allí:

“No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará.” (Salmo 91:5-7)

Justo así lo vivió el pueblo de Israel en Egipto. Mientras que entre los egipcios murió todo primogénito en una noche, los israelitas fueron librados. Ninguno de ellos murió (ver Éxodo 12:12-13). También en los días del diluvio Dios guardó a los que confiaron en Él.

¿Podemos nosotros contar con la misma protección?

Los ejemplos mencionados no encajan del todo en nuestra situación. Pero sí muestran el gran poder de Dios quien es capaz de protegernos de todos los peligros. Pero también es verdad que vemos que personas creyentes mueren por enfermedades, guerras, catástrofes o persecuciones. Esta es una posibilidad que tenemos que tener en cuenta.

Un ejemplo alentador de cómo Dios interviene y ayuda en la angustia es la experiencia de tres administradores judíos en la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego, de los que nos cuenta la Biblia. De ellos y de todos los demás del pueblo era exigido que adorasen la estatua de oro que había levantado Nabucodonosor; y quien se negara y no se postrara y adorara, sería echado dentro de un horno de fuego ardiendo. Los tres administradores tenían muy claro que sólo adorarían a Dios. Por eso le contestaron lo siguiente al rey:

“He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.” (Daniel 3:17-18)

Los tres jóvenes no sabían como acabaría la cosa, pero querían ser fieles a Dios aunque les costara la vida. Fueron echados al horno de fuego y experimentaron como Dios les guardó. Con plena certeza podemos decir que Dios puede guardar y sostener a los que confían en Él en medio de los mayores problemas de su vida. Pero aunque les venga enfermedad, sufrimiento o la muerte, saben de cierto que están seguros en Dios. Confían en la dirección de Dios y en que todas las cosas les ayudan a bien.

Una epidemia con trágicas consecuencias

En vistas de la epidemia del coronavirus deberíamos reflexionar también sobre el hecho de que existe otra “enfermedad” mucho peor que Covid-19. Con razón estamos preocupados por la propagación del coronavirus. Muchos están infectados con este virus y sin saberlo se lo transmiten a otros.

Pero hay un “virus” muchísimo más grave y malévolo. El peor “virus” que existe también surge a menudo de manera casi inadvertida. Muchos no le hacen caso. Es el “pecado”. La palabra “pecado” es un término bíblico que describe el estado del hombre separado de Dios y con una forma de vida equivocada. No se sujeta a las normas de Dios y no tiene una relación personal con el Señor Jesucristo. Dios quiere que vivamos en armonía con Él y con nuestros semejantes. Pero el pecado destruye nuestra convivencia y nuestra relación con Dios.

Nuestro mundo está destrozado en muchos aspectos.
Hay mucho odio, terror, guerra y mucho sufrimiento personal. De alguna manera todos nos vemos afectados.

Todos vemos en nuestra vida escenarios de desolación y a menudo estamos a punto de desesperarnos. El “virus” nos tiene bajo su control. Surgen enemistades, las familias se quiebran, muchos países se encuentran en estado de guerra. Pero con todo esto el “virus” aún no ha producido su efecto máximo. La consecuencia más trágica del pecado es que nos separa de Dios. Esta separación es por toda la eternidad.

Imagínate que por causa del coronavirus tuvieras que quedarte en cuarentena no sólo dos o tres semanas, sino ¡durante el resto de tu vida! Eso sería un pensamiento horrible. Pero hay que decir que el virus del pecado tiene consecuencias tan sumamente trágicas que pone al hombre en “cuarentena” no sólo un par de semanas o meses, sino por toda la eternidad. Esto significa que el hombre es excluido para siempre de la presencia de Dios y por lo tanto también del cielo. Después de su muerte permanecerá en un lugar atroz lejos de Dios

Una “epidemia” vencible

Siendo de tanta transcendencia las consecuencias que causa el virus del pecado, ¡cuán importante es saber cómo podemos ser sanados! Dios mismo ha tomado medidas para que nosotros podamos ser librados. Él envió a su Hijo, Jesucristo a este mundo, para salvarnos del virus del pecado.

Jesús murió en la cruz del Gólgota por los pecados de cada persona en particular. Con su vida pagó por las consecuencias que acarreó el pecado. Tomó nuestra culpa sobre sí, para que nosotros pudiésemos ser perdonados. Pero no es una cosa que ocurre automáticamente; no somos librados de nuestra culpa así por así.

Un enfermo tiene que tomar la medicina que le ayuda. De la misma manera nosotros tenemos que aceptar el remedio que Dios pone a nuestra disposición. Este “remedio” para nuestro pecado es Jesucristo. ¡Recíbele! En la Biblia dice:

Sólo en Jesús, “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos de los Apóstoles 4:12)

Y ¿cómo nos libra Jesús de nuestra culpa? Primeramente tenemos que reconocer que necesitamos el perdón de nuestras culpas. Después tenemos que recibir a Jesús como Señor en nuestra vida.

¿Cómo ocurre esto en concreto? Con una sencilla oración diríjete a Jesucristo. Dale las gracias por su muerte en la cruz en tu lugar. El Buen Pastor dio su vida por las ovejas, para salvarlas de la fiera que las perseguía y mataría. Pide perdón por todos tus pecados e invítale a entrar en tu vida. Díle que quieres pertenecerle a Él y que desde ahora sea Él quien mande en tu vida. ¡Confíale así tu vida a Jesucristo!

Entonces Él perdonará todos tus pecados y hará de ti un hijo de Dios. Así te librará del virus del pecado y puedes estar seguro de que un día estarás en el cielo con Él. Con este día y con esta decisión comienza para ti una nueva vida con Jesucristo. Lée ahora regularmente en la Biblia, para llegar a conocer mejor la voluntad de Dios, tu Creador, que tanto te amó que dio a Su Hijo para salvarte de la muerte segura. Habla regularmente con Dios y busca la comunión con otras personas que conozcan personalmente a Jesús y vivan con Él.

¿Tenemos motivo de preocupación? Quiero animarte a que cuentes con Dios y a que confíes tu vida a Jesucristo en cuyas manos está segura. Quizá la angustia por Covid-19 puede contribuir a que seas librado del peor “virus” que existe: el pecado.

Manfred Röseler